Pedro I el Cruel conoció a doña María de Padilla en 1352 en la expedición a Asturias; pertenecía a una importante familia castellana y las crónicas de su época la describen como “muy fermosa, e de buen entendimiento e pequeña de cuerpo”. A partir de ese momento, María de Padilla se convirtió en su amante y fue el permanente amor de Pedro I, por encima de los matrimonios del monarca.
Tuvieron un hijo –que murió pronto- y tres hijas, de las cuales dos emparentaron con la nobleza europea. Amigos y parientes de María entraron a formar parte de la corte e influyeron en algunas de sus decisiones políticas. Cuando murió en 1361, se celebraron grandes duelos en su honor por todo el territorio de la Corona de Castilla y fue enterrada en el convento de clarisas que ella misma había fundado en la villa palentina de Astudillo.
Pedro I declaró en las Cortes celebradas en Sevilla, que su primera y única esposa había sido María de Padilla y en 1362 ordenó que trasladaran su cuerpo a la capilla de los reyes de la Iglesia de Santa María.
Actualmente sus restos descansan junto a los de Pedro I en la Catedral de Sevilla.