David Abulafia
Universidad de Cambridge
El siglo XIV fue testigo de una serie de luchas por el poder entre fuerzas políticas del Mediterráneo. Fue un periodo de creación de imperios en el que los gobernantes de Aragón-Cataluña y de Nápoles competían entre sí, y también con las repúblicas italianas, con la esperanza de hacerse con el control de las principales islas del Mediterráneo y debilitar el poder del Islam en la región. Mientras que la dedicación de estos reinos y repúblicas a la guerra contra “el Infiel” no se pone en duda, se olvidaban con bastante facilidad de sus altos
principios cuando se les presentaba una oportunidad de hacer negocio. Para mantener la supremacía comercial, con frecuencia fue necesario establecer relaciones bastante amistosas con los gobernantes Mamelucos de Egipto o los señores de la guerra turcos de la costa de Asia Menor. Además, las intensas rivalidades entre las potencias cristianas les llevaron a establecer infames alianzas con estados musulmanes como el reino Nazarí de Granada o el reino de los Mariníes en Marruecos. El Papado, que durante gran parte del siglo estuvo ubicado en Avignon, arremetía contra los que hacían negocios con estados musulmanes y trabajaba para promover cruzadas. Sin embargo, su propia influencia política estaba limitada por el hecho de que los reyes de Francia y de Nápoles ejercían una enorme influencia en la misma región de Avignon que formaba parte del condado de Provenza (gobernada por los Napolitanos).

Los principales actores del lado europeo fueron Génova, Venecia, Nápoles y la Corona de Aragón. Después de la derrota de Pisa en la batalla de Meloria en 1284, Génova parecía estar a punto de convertirse en una potencia dominante en el Mediterráneo occidental tanto en el ámbito político como el económico. Génova era ciertamente una ciudad dividida, en la que las facciones políticas características de las ciudades-estado italianas de la época competían por el poder; los Güelfos apoyaban al rey de Nápoles y al Papa, e incluso llegaron a poner la ciudad bajo la autoridad del rey de Nápoles desde el año 1318 hasta el año 1332, mientras que los Gibelinos apoyaban a Fadrique III, el rey aragonés de Sicilia y controlaban los suburbios de Génova. Así, durante un tiempo, la ciudad parecía encontrarse en una situación de guerra civil hasta que fue elegido un dux que consiguió un apoyo razonablemente amplio. Sin embargo, el control central siguió siendo débil y Génova fue un centro de actividad económica privada, a veces a una escala asombrosa. La adquisición en 1346 de la isla de Chíos por el grupo de familias conocido bajo el nombre de Giustiniani les aportó grandes beneficios a través del negocio de alumbre (necesario para la industria textil), frutos secos y mastique.
Además, los Genoveses controlaban las rutas comerciales del Mar Negro, con asentamientos en Pera (en frente de Constantinopla) y en puertos del Mar Negro tales como Caffa en Crimea, de donde importaban grandes cantidades de cereales baratos para consumo humano. Esencialmente, los Genoveses tenían como objetivo dominar el comercio de alimentos y artículos como frutos secos, trigo y alumbre . Para conseguirlo necesitaban establecer una red de enclaves por todo el Mediterráneo oriental. Sus intereses en el Mediterráneo oriental llevaron a enfrentamientos con otras potencias marítimas; la piratería turca procedente de Ayudín en la costa oeste de Anatolia, era un constante problema, al mismo tiempo que los Venecianos se enfrentaban a los Genoveses en sangrientas guerras en los años 1350 y 1389 luchando contra la flota Genovesa en el Mar Egeo e incluso en los alrededores de Cerdeña. Otro antiguo rival de Génova – Pisa – aún conservaba grandes territorios en Cerdeña, de los que obtenía plata, cereales y productos lácteos, territorios que utilizaba como puente para su comercio lucrativo con Túnez. Los Pisanos a principios del siglo XIV tenían mucho empeño en conservar sus posesiones, e incluso llegaron a negociar con Jaime II, rey de Aragón, con la idea de que Pisa aceptara la soberanía aragonesa a cambio de protección por la emergente potencia del reino de Aragón-Cataluña.
Génova, consciente de su creciente importancia en el Mediterráneo occidental, se enfrentaba al reto fuerte y persistente de los Catalanes de Barcelona bajo el patrocinio de los reyes de Aragón.

Durante el siglo XIV se produjo una gran transformación en el poder de la Corona de Aragón. En el siglo XIII, los reyes de Aragón, que eran a la vez condes de Barcelona, habían incorporado Mallorca, Valencia y Sicilia a su corona, pero solo Valencia permaneció bajo su soberanía directa, aunque incluso entonces era jurídicamente un reino distinto habitado por su vieja población musulmana. Mallorca y Sicilia fueron gobernadas por otros miembros de la Casa de Barcelona y las relaciones con estos gobernantes fueron frecuentemente tensas. En 1296 el rey Jaime II de Aragón oficialmente apoyó los intentos del rey de Nápoles y del Papa para despojar a su hermano, Fadrique III, del trono de Sicilia mientras que los reyes de Mallorca se enfrentaron repetidamente a los reyes de Aragón por el privilegio de cobrar impuestos por el comercio, acuñar moneda y, en general, controlar sus propios as
untos. Los conflictos sólo se resolvieron con la incorporación de Mallorca y su territorio dependiente, Rosellón, por el rey de Aragón, Pedro IV el Ceremonioso, en los años 1343-4. Pedro también se esforzaba para asegurar una alianza matrimonial con la casa real aragonesa en Sicilia poniendo los cimientos para la incorporación de Sicilia por la corona de Aragón durante el reinado de Martín el Viejo a principios del siglo XV, después de un periodo desdichado cuando la isla de Sicilia experimentó un gobierno central débil, una invasión y gran acumulación de poder en manos de las principales familias aristocráticas. Cerdeña ya había sido invadida por el padre de Pedro, Alfonso IV de Aragón en los años 1323-4, a pesar de una fuerte oposición de los genoveses y, de forma creciente, de los sardos. Sin embargo, el concepto que tenía Pedro de un dominio catalán-aragonés integrado, gobernado por un único miembro de la casa real aragonesa puso los cimientos para el dominio aragonés y español de extensas áreas del Mediterráneo en el siglo XV. Pedro entendía muy bien la importancia de las relaciones tanto comerciales como políticas que daban cohesión a sus territorios; veía la posesión de Sicilia y Cerdeña como una garantía de que Barcelona y Mallorca pudieran ser adecuadamente abastecidas con el trigo de las islas italianas. Más lejos, los reyes de Aragón cuidaban las relaciones con el Egipto de los Mamelucos, el cual era una fuente importante de especias, y los dueños de Tierra Santa. Jaime II de Aragón estaba empeñado en conseguir el estatus de protector de los Santos Lugares de Jerusalén para aumentar su prestigio. Soñaba con un vínculo dinástico con la familia reinante Lusignana, los gobernantes católicos de Chipre, que funcionaba como un bastión avanzado de los intereses occidentales en el Mediterráneo oriental.
Todo eso fue conseguido a pesar de la constante oposición de la casa de Anjou, los gobernantes del sur de Italia y la Provenza, y mandatarios de algunas partes de Grecia.

Los reyes Angevinos de Nápoles seguían titulándose reyes de Sicilia aunque habían perdido en 1282 la isla, que había caído bajo el dominio del rey de Aragón. Los siguientes gobernantes aragoneses de Sicilia tuvieron que enfrentarse a una serie de invasiones perniciosas procedentes de sur de Italia y en varias ocasiones estuvieron a punto de ceder o perder la isla en beneficio de los Napolitanos que tenían aliados entre la nobleza siciliana. Bajo el reinado dinámico de Roberto el Sabio, entre 1309 y 1343, Nápoles siguió siendo uno de los más influyentes estados en la política italiana, y, durante gran parte de su reinado, disfrutó de estrechas relaciones con los Papas. Nápoles prestó apoyo militar a la facción de los Güelfos de Florencia, Génova y la Romaña suministrando trigo a cambio de préstamos financieros. Sus gobernantes también disfrutaban del título de rey de Jerusalén aunque el reino de Jerusalén había sido suprimido por los Mamelucos de Egipto en 1291. El título les proporcionó la posición de liderazgo en el movimiento de las cruzadas al lado de la casa real francesa y de los caballeros de San Juan u Hospitalarios que habían tenido su sede en la isla de Rodas desde el año 1310. El objetivo principal de la mayoría de las cruzadas del siglo XIV no fue asestar un golpe inmediato al imperio Mameluco sino más bien establecer la base para una cruzada de mayor envergadura en el futuro, realizando pequeñas expediciones para reforzar la presencia cristiana en el Mediterráneo oriental. Como potencia naval Nápoles pudo ofrecer buques para ayudar a limpiar el Mar Egeo de piratas turcos. Sin embargo, en realidad el principal interés de los napolitanos en oriente era el Peloponeso occidental y su objetivo era consolidar su control sobre las islas Jónicas próximas a la entrada del Adriático y también extender su influencia sobre Albania. Nápoles podría haberse convertido en una potencia regional en los Balcanes si no hubiera sucumbido al caos después de la muerte de Roberto; su nieta Juana I no fue capaz de gobernar con independencia de las distintas facciones rivales y, a parte de algunos éxitos en Grecia, su primera preocupación fue proteger su herencia napolitana. Vendió Avignon al Papa y tuvo que hacer frente a dos invasiones de Hungría que ya dominaba la costa dálmata habiendo suplantado a Venecia en ese área en 1350.
Venecia también tuvo que soportar presiones en el siglo XIV. Las guerras con Génova debilitaron su fuerza: la guerra de 1350 coincidió con la propagación de la Peste Negra y se hizo difícil encontrar hombres para las galeras. La pérdida de Dalmacia a favor de Hungría fue un desastre tanto comercial como político; los dux ya no podían llamarse con orgullo “duques de Dalmacia”. La guerra de Chioggia en 1389 supuso una amenaza todavía mayor cuando los barcos genoveses llegaron hasta Lido y la misma Venecia se encontró bajo asedio. Aunque más tarde se celebrara como una victoria, en realidad fue una gran humillación para Venecia. Una rebelión en Creta a mediados del siglo XIV amenazó los suministros de alimentos para la ciudad; el dominio de Venecia sobre la isla de Creta arranca desde principios del siglo XIII. En las rutas comerciales del Mar Negro Venecia quedó relegada a un segundo puesto tras Génova. Se habían hecho intentos de asegurar su estabilidad política interna limitando desde 1297 la pertenencia al Gran Consejo sólo a miembros de familias aristocráticas con larga tradición, y controlando a los descontentos a través de poderes inquisitoriales del Consejo de los Diez que fue establecido en 1310 después de una conspiración contra el dux. A mediados de siglo el Dux Marín Falier pareció alzarse como una amenaza al sistema al intentar crear un partido popular y fue dramáticamente depuesto y ejecutado. Por otro lado, Venecia seguía obteniendo beneficios de su posición dominante en el gran comercio oriental a través del cual se traían especias de Alejandría y Beirut. Resultó ser más difícil abrir una ruta más lejana para galeras desde Venecia a través del Mediterráneo occidental hasta Flandes e Inglaterra a causa de la piratería ejercida por los Grimaldi de Mónaco y otros depredadores. En general, Venecia logró alcanzar cierto nivel de estabilidad pero la Serenissima Repubblica permaneció alerta, consciente de que su éxito sólo alimentaba la envidia de sus rivales.

En las regiones islámicas del Mediterráneo este es un periodo de significativos cambios. Los Mamelucos de Egipto conservan gran parte de su vitalidad y prosperidad en las primeras décadas del siglo XIV bajo el sultán an-Nasir. Esta dinastía de soldados esclavos se sumió entonces en un largo periodo de conflictos cuando facciones rivales intentaron hacerse con el poder del Estado. Los reyes cristianos de Chipre saquearon Alejandría y atacaron puertos de la costa de Siria en 1365. Alrededor del año 1400 los Mamelucos tuvieron que hacer frente tanto a los ejércitos de los cruzados como al señor de la guerra mongol Timur. Sin embargo, el imperio Mameluco conservó su integridad territorial. No se puede decir lo mismo de los pequeños estados turcos en Anatolia que fueron muy pronto despojados de su rango por los turcos otomanos habitantes de los bosques, imbuidos por un sentimiento de misión religiosa. Cuando el emperador bizantino Juan VI permitió a los turcos asentarse en el lado europeo del estrecho de Dardanelos, empezó el acrecentamiento del poder otomano a un ritmo asombroso. La batalla de Kosovo en 1389 otorgó a los turcos dominio sobre grandes áreas de los Balcanes administrados a través de leales vasallos cristianos. La respuesta de la Europa católica fue rápida y contundente ya que este dominio sobre territorios muy en el interior de Europa amenazaban a Hungría y el Adriático. Una vasta cruzada, la única realmente importante del siglo XIV, enviada a Nicópolis en 1396 fue aniquilada por los turcos. Para el año 1400 incluso los bizantinos rendían tributo al sultán otomano y el emperador prestaba sus servicios militares a los turcos. La supremacía turca quedó debilitada temporalmente por la repentina irrupción de Timur en Anatolia en 1402 pero el estado turco resultó ser lo suficientemente resistente como para recuperarse del golpe. Bizancio por otro lado, ya no era más que los pequeños restos divididos entre un emperador cuyo control no iba mucho más allá de Constantinopla, donde de cualquier modo los genoveses de Pera eran el elemento más poderoso, y sus rivales del noroeste de Grecia (los déspotas de Epiro , vinculados con Nápoloes) y de Trebisonda al este.
El occidente católico ofreció promesas de apoyo militar a cambio de la unión de la iglesia Griega con la de Roma. Los conflictos al respecto sólo profundizaron las divisiones dentro del mundo bizantino.
También surgieron divisiones dentro de algunos estados del oeste islámico. Túnez, la capital del califato de los Hafsides, participaba en el comercio del oro africano, y fue el foco de atención de los catalanes, genoveses, toscanos y otros comerciantes cristianos. Sin embargo, el éxito económico no fue acompañado de la estabilidad política. El Túnez de los Hafsides competía con el Marruecos de los Mariníes por el control del Magreb (noroeste de África) y a mediados del siglo XIV fue invadido por los Mariníes con cierto éxito a corto plazo. Los Mariníes Beréberes tenían una larga tradición de guerras con los Almohades. Los califas Hafsides afirmaban ser los herederos de estos. Intentaban establecer su propio imperio islámico occidental haciéndose con el control de Argelia en 1337. Sin embargo, la derrota en España en la batalla del Salado en 1340 mostró que los reinos cristianos de la península Ibérica eran ahora un territorio peligroso. No resulta sorprendente que los Mariníes intentaran aumentar su influencia en la Granada musulmana, lo que les llevó a tener una rivalidad con los sultanes Nazaríes de Granada que demostraron tener agilidad diplomática enfrentando a Castilla contra Marruecos, Aragón, Mallorca y otros estados. De hecho, Castilla fue durante un tiempo dominante y algunas veces pudo demandar tributos a Granada, y Pedro el Cruel de Castilla mantuvo una relación estrecha con el sultán Mohamed V a quien restauró en el trono de Granada. Granada también se hizo más dependiente de los comerciantes occidentales de Florencia, Génova, Barcelona y Valencia que compraban su seda, vajillas, frutas y azúcar. Su conquista económica precedió a su conquista política por más de un siglo. Así, no hubo un frente común islámico contra los imperios cristianos; de hecho, las divisiones sectarias entre los Hafsides y sus vecinos Suníes dificultaron cualquier tipo de colaboración.
El siglo XIV es considerado con frecuencia como un periodo de crisis, “la época de las adversidades”. La crisis se acentuó con la llegada de la Peste Negra en 1347 que llevó a la muerte de quizás una tercera parte de la población en tan sólo tres años. Pero también fue un periodo en el que los gobernantes se esforzaban por reafirmar su autoridad mientras que los poderosos nobles establecían zonas de influencia en los reinos cristianos del Mediterráneo. Los retos a los que se enfrentaban los gobiernos centrales en algunos estados islámicos eran bastante similares. El comercio jugaba un papel crucial en las relaciones que se establecieron a través de las grandes escisiones en el Mediterráneo - unió a Venecia con los Mamelucos, a Génova con los bizantinos, a Barcelona con los Hafsides. En la última década del siglo XIV la vencedora en el Mediterráneo parecía ser la Corona de Aragón que se había reafirmado como una de las principales potencias en el Mediterráneo occidental y, más ominosamente los turcos, cuyo avance, animado por el fervor religioso y un mando militar muy competente, además de una buena organización sobre el terreno, parecía imposible de parar. El siglo XIV no fue el siglo de los turcos; este apelativo se aplicaría a los siglos XV y XVI. Pero fue un siglo en el que el Mediterráneo se convirtió en el foco de una nueva confrontación entre el Este y el Oeste.
